viernes, 12 de agosto de 2016

Esa puta tan distinguida





Desanda la acera despacio y nuevamente se para delante del cine a contemplar en la fachada el cartel de la película programada, donde la silueta de Gilda se yergue en medio de la noche, sonriendo bajo un foco de luz con su ceñido vestido de satén y el humeante cigarrillo en la mano.
Esa puta tan distinguida
Juan Marsé






Juan Marsé es una de esas figuras literarias con las que comencé un idilio en mi época adolescente. Prácticamente obligadas eran algunas de sus lecturas, y no por el sistema educativo, sino por la búsqueda de lo transgresor y el afán de no perder la memoria, algo que hoy parece que a muchos les trae sin cuidado. La oscura historia de la prima Montse, Últimas tardes con Teresa,Si te dicen que caí, La muchacha de las bragas de oro y un largo etcétera, fueron de esas primeras obras que me acercaron a la Barcelona de la posguerra, a esos barrios de la ciudad, mundos extraordinariamente literarios, plagados de aromas, de crudas historias, de pobreza, de sexo. Seguí su trayectoria después, la de él y la de algunos de esos que formaron la Generación del 50, entre ellos Vazquez Montalbán, Eduardo Mendoza o Goytisolo. Y hace unos días, volvía al mundo Marsé con su última novela, Esa puta tan distinguida. Llegó en forma de esos regalos que se hacen por nada y que son una de las mejores cosas de esta vida. El título, ambiguo (si la leéis lo descubriréis), ya invita a la lectura. Y la trama, en mi caso, terminó  de convencerme: un crimen y un guión cinematográfico. Sin decepciones, la verdad. Marsé va hilando la trama a partir de un caso real de asesinato del que encargan al protagonista realizar un guión para cine. De esta manera nos va trasladando desde los años de la Transición, con el asesino aparentemente amnésico ya  como cómplice de la escritura encargada, a los años 40 en que el proyeccionista del cine Delicias cometió el terrible acto de asesinar a una prostituta en la misma cabina de proyección. Nos embarcamos en dos atmósferas distintas, en dos épocas diferentes y estéticamente bien distinguidas. Los personajes, todos y cada uno, los protagonistas y los secundarios, e incluso los extras, son un regalo para cualquier lector. Y para los escritores, una delicia poder zambullirse en el proceso de creación que Marsé nos regala a través de la creación del guión que el protagonista ha de escribir, junto con una novela paralela que está en proceso.
Marsé, genio y figura, sutilmente en ocasiones y en otras sin tantos miramientos, arremete contra la mediocridad de este país, mantiene esa batalla con el el cine, denuncia, y crea un extraño y maravilloso universo que solamente puede salir de su pluma.